Tu no te has muerto gordito, he sido yo quien te ha llevado al
otro lado mientras permanecía atrapada en un cuento, y te has ido tan ligero como una fractura, rodeado de mi abrazo de nube, con tus grandiosos ojos abiertos pero con la cara afilada de pájaro.
Ahora tengo un pellizco en el pecho con aroma a natillas y visiones suspendidas en el aire de que aún me esperas en casa, pero sé que ya no será necesario que
cierre la puerta de la cocina, de ahora en adelante podré dejar las ventanas abiertas para que entre todo el desapego del mundo.
Gracias por tu silencio puro Prana, y por las maravillas que me has revelado, por la noria
de juegos esparcida de carcajadas y los abrazos soleados de tu pelaje, gracias por tu consentimiento absoluto, por mostrarme como son las horas lentas y el prodigio de las cosas más sencillas.
