Estas navidades cerré el año abriendo una lata que contenía trece uvas. Eran pequeñas, oliváceas como la cavidad arbórea de un bosque de acacias y flotaban en una especie de elixir que prometía todo lo que está por venir, sin embargo la casualidad de que fueran trece me produjo una gran inquietud porque en ese momento había muchas cosas que estaban a punto de todo, de explosionar o aplacarse, de echar a volar o aquietarse como una planta que al final deciden expandir sus raíces hasta lo más hondo de la tierra con la intención de quedarse para siempre. Sin embargo a pesar del mal presagio acepté la estrella que había reservada para mi y pintando en mi cara una sonrisa deshilachada engullí los trece frutos saludando al año nuevo como un gladiador de novela. Al día siguiente busqué en Google el significado del número trece y me encontré el nombre de Matías, el décimo tercer apóstol, un nombre que evoca la hora sencilla y un viento amable.
Ahora estamos en el mes de junio y ya se han ido sin remedio algunas cosas irremplazables para mí, así que cada vez que presagio una nueva embestida invoco el nombre de Matías, cierro los ojos y me balanceo con las manos en los bolsillos como si fuera posible que a lo lejos sonara una melodía para mí y por las noches me hago una bola bajo las sábanas, como cuando era niña, con la certeza de que mamá aguarda al otro lado de la puerta, y espero, espero a que todo pase.
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